Algunas reflexiones en torno al pasado y el futuro del sector exportador español
Roque San Severino
Incrustada entre montes, Balmaseda sólo gozó de una renta de situación cuando era el paso natural entre Castilla y Vizcaya, como demuestran tanto la Aduana medieval como el más reciente tren de La Robla. Desde entonces, la campa de Zalla se llevó la mejor parte del desarrollo industrial. Esta situación ha creado una, algunas veces malsana, competencia entre los lugareños de una y otra villa acerca de quién es más trabajador y quién vive de glorias pretéritas. En el caso de la villa cabeza de las Encartaciones, la actual precariedad de la industria no sólo es evidente sino que, si los rumores son ciertos, corre el serio riesgo de agravarse en el corto plazo si se materializan ciertas decisiones que hoy tan sólo son conjeturas que deambulan por el Paseo de la Banqueta.
De igual manera, la actual estructura del crecimiento económico español parece estar sentando las bases de sus futuras dificultades. Tras casi catorce años de crecimiento económico ininterrumpido, el modelo se ha perfilado, ya definitivamente, como el de una economía centrada en la producción de bienes no comecializables, en la que el crecimiento se fundamenta en una explosión del empleo, tanto local como foráneo. Ello ha venido facilitado por una, prácticamente, ilimitada capacidad de endeudamiento, producida por nuestra inclusión en una unión monetaria inmersa en un mar de liquidez mundial.
El resultado de este modelo, compartido a pies juntillas por ambas opciones políticas mayoritarias, ha sido, desde el “upside”, un espectacular crecimiento económico sostenido en el tiempo y una capacidad de generación de empleo previamente inimaginable; pero, también, desde el “downside”, un déficit exterior espectacular, una muy preocupante situación de la productividad y de la competitividad y un acelerado proceso de acumulación de deuda por parte de las empresas y de los particulares.
Así, de igual manera que el modelo ha acabado por revelarse en sus fundamentos, causas y consecuencias, también parece hacerse evidente que su sostenibilidad se hace crecientemente difícil. Así, mientras unos pugnan por extraer las últimas gotitas de jugo al limón, otros, veladamente, centran sus preces en que reviente cuanto antes y a otra cosa, lepidóptero.
En este contexto, se ha hecho más evidente que el sector exportador de la economía española continúa sin haber superado sus tres maldiciones seculares, que viene arrastrando desde la noche de los tiempos y que han caracterizado su patrón de desarrollo, a saber: ser marginal, contracíclico y dependiente.
Marginal, pues, aunque haya experimentado crecimientos, continúa siendo un componente menor de la demanda agregada tanto cuantitativamente, en comparación con las grandes economías europeas, como, sobre todo, estratégicamente. El mensaje de la internacionalización, la globalización y la inversión exterior, lanzado con mas voluntarismo que convicción desde la Administración en la década de los noventa, ha sido un éxito, en este sentido, perjudicial y ha contribuido, junto con otros factores objetivos a relegar la variable estratégica “exportación” a una mera consideración secundaria en la mayor parte de las grandes empresas españolas.
Contracíclico, pues, en estricta coherencia con su carácter estratégicamente subordinado, la exportación española continúa teniendo mucho de venta al exterior de los excesos de capacidad instalada. De manera que, cuando la demanda interna es pujante, dicha capacidad instalada se desvía, con preferencia, para atender al mercado inteior. Ello produce un fenómeno de periódico abandono y, en muchas ocasiones, pérdida de las inversiones en capacidad de comercialización exterior realizadas, tanto por el sector privado como por el sector público, a lo largo de los años en los que la demanda interna no era suficiente para atender las posibilidades de la capacidad instalada y la exportación una necesidad estratégica agregada y empresarial.
Dependiente, ya que la mencionada contingencia de las inversiones en capacidad comercializadora, junto con los problemas de insuficiente inversión tecnológica y productividad, han hecho que el precio continúe siendo un componente esencial de la oferta exterior española, de manera que la capacidad de la venta en el exterior de la economía y de las empresas españolas esté directamente ligada a la evolución del tipo de cambio antes de la peseta y ahora del Euro, en el marco de una economía abierta como es la de la UE.
Parecería imprescindible un nuevo planteamiento que permitiera a la economía española romper esta especie de maldición secular y convencerse de que las ventas en el exterior no pueden ser una referencia secundaria en la actividad comercial de las empresas y que, por el contrario, tienen un sentido estratégico tan básico como es una política global de suministros o de inversión en el exterior. Resulta irrenunciable que la economía española se convenza de que no puede, periódica y cíclicamente, renunciar a los esfuerzos de apertura de mercados y a las inversiones en capacidad de comercialización exterior realizadas en momentos en los que las vacas no eran tan gordas. Se antoja inevitable que una nueva política de promoción de la exportación se barrunte en el horizonte de una economía que va a tener que reenfocarse desde la producción de bienes y servicios no comercializables y ésta política sólo puede fundamentarse, para tener un resultado que se sobreponga los mencionados tres rasgos característicos de la exportación española, en el producto, que no en los mercados, en la productividad, que no en el tipo de cambio, en la tecnología, que no en una variable precio ya difícilmente alcanzable.
La complejidad de esta tarea es evidente pues entraña tres grandes dificultades estratégicas. La primera es que ha de ser una estrategia sostenida en el tiempo, de alcance estructural, y, por tanto, al socaire de los vaivenes políticos. La segunda es que, necesariamente, ha de tener un carácter multidisciplinar y debe abarcar desde la educación hasta la política industrial, desde la política exterior a la de competencia, desde la política fiscal a la financiera. La tercera es que ha de surgir de un esfuerzo concertado entre el sector público y el privado que, a lo largo de la historia exportadora española, ha sido más una circunstancia que una constante.
Entre zallucos y balmasedanos siempre han saltado chispas, en el malentendido de que la dicha de unos era la desdicha de los otros, de que la prosperidad era un juego de suma cero en el que a uno le tocaban los doblones y el otro se tenía que contentar con los galones. La nueva etapa económica que se otea en el horizonte español no podrá, como hasta ahora, prescindir del sector exportador; pero el auténtico éxito de una nueva política de fomento de las exportaciones no residirá, únicamente, en contribuir a capear el temporal de un menor crecimiento sino en construir un sector exportador que sobreviva, paradójicamente, a la próxima etapa de bonanza.

