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Doha, hacia un mundo más grande

 

Roque San Severino 

 

Miro desde la galería de mi casa, sobre el río Cadagua, y sólo veo desolación. Por encima del paseo y más allá de la estación de La Robla, contemplo una masa gris de humo pastoso y preñado de ceniza. El monte ha ardido, llevándose por delante una fortuna en pinos papeleros. Entre las volutas, se adivinan estacas negras donde anteayer había frondosidad. Algún imprudente ha trocado esperanza en ruina al coste de una colilla.

 

En este verano, la quema del monte no es la única novedad de desolación y, sin demasiadas contorsiones argumentales, puede establecerse un paralelismo entre este desastre y el fracaso de las negociaciones llevadas a cabo en el seno de la OMC. Si algún acto de última hora, entre heroico y desesperado, no lo remedia, la llamada ronda Doha está abocada al fracaso y la verdadera duda radica en cuánto más del actual entramado económico-político internacional está en riesgo. Hemos de entrar en modo de control de daños, pues el derrumbe de la ronda Doha supone el primer fracaso del sistema multilateral de negociación comercial desde que éste se inauguró al principio de la posguerra y es muy probable que este primer fracaso se convierta en el único y último.

 

No se trata aquí de asignar culpas y responsabilidades por este fracaso, aun se carece de un análisis detallado y desapasionado del proceso de negociaciones que desembocaron en el mismo, sino, más bien, de dar un paso atrás y tomar perspectiva sobre lo que verdaderamente está en juego. Sería muy miope pensar que el fracaso de la ronda Doha es intrascendente, que el propio coste del mismo espoleará a los políticos y a la diplomacia comercial internacional a sacarse un nuevo conejo de la chistera, a moldear apresuradamente y a martillazos un nuevo acuerdo que salve la cara a todas las partes y que, como en el rugby, permita jugar una “patada a seguir”, o a convencerse de que el futuro del comercio internacional está igualmente servido por la maraña de acuerdos bilaterales de librecambio que en los últimos años han proliferado, minando, en gran parte, la eficacia del sistema multilateral que encarna la ronda Doha.

 

Por destacar, únicamente, dos aspectos claves de la realidad internacional contemporánea sobre los que el fracaso de la ronda Doha proyecta su ominosa sombra cabe señalar que, desde el punto de vista del método, está seriamente comprometido el conjunto del entramado multilateral internacional y, desde el punto de vista del contenido, es muy importante tener bien presente el carácter de engranaje central que el proceso de liberalización comercial tiene dentro del mecanismo de relojería de la globalización.

 

La multilateralización es un fenómeno de cesión de parcelas de soberanía desde los estados nación a entidades plurinacionales. Este proceso es, en esencia, el mismo en los ámbitos político, de la seguridad, monetario, financiero o comercial, donde lo verdaderamente relevante es esa voluntad de desarmar políticamente lo que hasta entonces eran parcelas de poder exclusivas de los estados westfalianos; su materialización en instituciones concretas políticas, de seguridad, financieras, económicas, monetarias o comerciales es un resultado secundario de dicho proceso de desmantelamiento o, si se prefiere, de superación de los estrechos límites de la soberanía nacional, post-moderna en sentido histórico, pero tradicional en sentido temporal estricto.

 

Desde este punto de vista, la institucionalización de la OMC y la superación de la dependencia que los procesos de liberalización comercial que auspició el GATT tenían con respecto a los mandatos de reducción arancelaria que el legislativo norteamericano otorgaba al ejecutivo, fue, sin duda alguna, un avance del multilateralismo y un clavo más en el ataúd del estado nación moderno. “Sensu contrario”, el fracaso de la ronda Doha es un fracaso del multilateralismo y un refuerzo a la concepción clásica del estado nación, que no renuncia a parcela alguna de su soberanía. Esta lógica, que algunos, tanto desde la derecha como de la izquierda, por motivos diferentes, aplauden, es perfectamente extensible a otros ámbitos del moderno entramado de instituciones multilaterales hoy existentes, pues el fracaso no es meramente comercial sino del sistema multilateral mismo.

 

Si fracasa Doha, se cuestionará la OMC y, más pronto que tarde, los mismos que hoy celebran el fracaso de la ronda Doha se sorprenderán cuando, con su misma argumentación, se cuestionen el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, las Naciones Unidas, la FAO, la UNESCO, ACNUR y UNICEF, pues su fundamento es exactamente el mismo: el multilateralismo. Por motivos que tienen que ver con la vaciedad del discurso de unos y la soberbia de otros, derecha e izquierda han coincidido  en encontrar en el neo-nacionalismo un nuevo refuerzo ideológico y argumentativo, en la globalización un nuevo enemigo conceptual y en las instituciones multilaterales, convenientemente seleccionadas, nuevos objetos de reivindicación.

 

En el ámbito comercial, no ha dejado de ser sorprendente como la progresiva pérdida de vapor de la locomotora de Doha coincide con la multiplicación de iniciativas comerciales bilaterales. Es ineludible una vaga reminiscencia del  “bilateralismo feroz” del período de entreguerras, precisamente, el momento de la historia europea en la que los nacionalismos marcaban la pauta política.

 

El fracaso de Doha es, de hecho, el primer gran obstáculo en el camino, aparentemente, inexorable de la globalización como gran movimiento económico y social del último cuarto del siglo XX. La globalización ya no es una fuerza de la naturaleza que arrasa con cuanto obstáculo se interpone en su desarrollo con la fortaleza y contundencia del determinismo histórico. Por el contrario, este fracaso la desnuda como una fuerza humana, con límites y debilidades, susceptible de sucumbir ante un piélago de fuerzas adversas. En consecuencia, cabe preguntarse por su estado de salud y pedir un diagnóstico que no puede ser optimista. La globalización está profundamente comprometida y no es un escenario imposible que ésta termine por plegarse ante las fuerzas del nacionalismo político y económico, si es que hay mucha diferencia.

 

Los, antaño, partidarios inequívocos de la globalización encuentran hoy argumentos para poner límites a la misma, para relativizar sus ventajas. Los estados nación acuden con cierta desesperación a la desbandada de las regiones más ricas que, por efecto de la globalización, ya no encuentran beneficio en los espacios comunes y reclaman mayores cuotas de libertad, inhibiéndose de cualquier deber de solidaridad. Los países pobres vuelven a recordar con añoranza olvidadiza y, más o menos, disimulada los modelos prebischtianos de sustitución de importaciones como una alternativa novedosa a los cambios estructurales, frecuentemente dolorosos, impuestos por la globalización.  Hay, por tanto y por primera vez en el “mainstream” político, la percepción de que existen expectativas de ganancia en la oposición a la globalización. La antiglobalización ya no es predio exclusivo de una heteróclita amalgama accidental de movimientos más o menos marginales y activistas y Doha es la mejor prueba de ello.

 

Pero de este fracaso comienza a entreverse una primera característica de este proceso intuitivo y sin hoja de ruta específica que, en última instancia, es la globalización y es que éste es difícilmente parcelable. Se ha producido un significativo cambio en la estructura económica mundial, particularmente pronunciada en el caso de los países desarrollados, de reducción de la importancia relativa los sectores primario y secundario. En estas circunstancias, el marco multilateral no puede permanecer ajeno a esta realidad si desea encuadrar el proceso globalizador y parece inevitable que, pronto o tarde, se aborde el problema de la libertad en la prestación de servicios.

 

De la misma manera, un marco multilateral que desconoce el que en los últimos años se ha convertido en el principal factor globalizador, esto es, la inversión extranjera directa, parece destinado a tropezar con serias dificultades. Tras el fracaso del Acuerdo Multilateral de Inversiones, erróneamente planteado en términos de tiempo, procedimiento y lugar, parecería necesaria una reformulación de un nuevo proceso multilateral de regulación de las inversiones exteriores directas.

 

En última instancia, es necesario explicitar que el comercio no es sino un componente parcial y limitado del proceso globalizador y que, precisamente, la ausencia de un marco que contemple y aborde dicho proceso de manera holística es un primer y fundamental factor de fracaso; si a ello se le une la creciente falta de fe generalizada e institucionalizada en la fórmula multilateral como mecanismo negociación y regulación de la vida internacional, anteriormente descrito, parece evidente que es el conjunto del proceso globalizador y no un simple acuerdo comercial lo que se encuentra en juego.

 

La actual ausencia de un claro liderazgo internacional, donde los instintos aislacionistas se han combinado con las simples ineficiencias e inoperancias o las circunstancias adversas, dan como resultado un panorama de ausencia de horizontes y de instrumentos para la forja de un nuevo marco global o, simplemente, para el mantenimiento del presente. No es un cúmulo de situaciones que anima, precisamente, al optimismo.

 

Mi reducido universo balmasedano cuanta con tres puentes: el de la Muza, el del Millonario y el del Celemín. Pocos saben que, hasta los años cuarenta, la Diputación vizcaína, tenía una garita en la cabecera de éste último para el cobro de un fielato a cuantos cruzaran dicho puente, por un importe equivalente a un celemín de trigo; de ahí el nombre. Por su parte, el puente de la Muza o Puente Viejo, con una torre de guardia, servía, desde el siglo XI, una función similar al otro extremo del pueblo. Finalmente, lo que hoy es la Casa Consistorial, la mezquita vizcaína, tiene una clara estructura de almacén, pues antaño cumplía esta función para la aduana de la Hacienda foral. Hoy, este mundo de aduanas provinciales se nos antoja pequeño, reducido, ineficiente y caprichoso porque hemos conocido una realidad más amplia y eficaz. Cabe preguntarse cuál de las dos realidades será la que un posible futuro desglobalizado y bilateral nos depara.