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Zalla y Balmaseda: exportaciones, política industrial, proteccionismo y globalización


El anuncio del Presidente Obama, formulado en el último discurso del estado de la Unión,  de su objetivo de doblar las exportaciones norteamericanas motiva la reflexión de nuestro columnista, Roque San Severino, acerca de las causas y posibles consecuencias del mismo.


Roque San Severino

La rivalidad entre Balmaseda y Zalla trasciende los enardecidos partidos de fútbol en el Landaberri o La Baluga. Es la encarnación del enfrentamiento entre la gente del llano y del monte, entre agricultores y ganaderos, entre comerciantes e industriales. Por muchos siglos, la ventaja correspondió a la villa capital de Las Encartaciones, pues su paso estratégico, intermedio entre la meseta, la planicie menesa, la campa de Zalla y los puertos de Castro Urdiales y la ría del Nervión, hizo florecer el comercio, al abrigo de las aduanas, aranceles y fielatos. La liberalización y la unidad del mercado, en definitiva, la ilustración y el progreso, con lentitud, pero inevitabilidad, dieron al traste con tales rentas de situación, favoreciendo el crecimiento de la agricultura, primero, y luego, progresivamente, de la ganadería y de la industria, en los pueblos de la campa de Zalla, en detrimento de las glorias económicas de la primera villa de Vizcaya, quien, con dignidad, prolongó su primacía merced al nudo de comunicaciones, resultado de otra renta de situación, que fue el tren carbonero de La Robla, que alimentaba de carbón leonés los ávidos hornos de la otrora señera siderurgia bilbaína.

Pero eso fue antaño, y hogaño Balmaseda se debate entre dos destinos tan escasamente glamurosos como ser refugio de bilbaínos de escapada dominguera o convertirse en ciudad dormitorio al servicio y bajo la tutela de la gran urbe vizcaína. No han sido pocos los intentos de contradecir el destino, rebelándose contra la inevitabilidad de la decadencia industrial y, por ende, económica. Sin embargo, más allá del pasajero alivio que, en los últimos años, fue la construcción, la desaparición de talleres y fábricas ha conllevado un lento e ineluctable proceso de desarme industrial y debilitamiento económico.

Esta reflexión surgió tras escuchar el reciente discurso sobre el estado de la Unión del Presidente Obama, donde estableció como objetivo doblar el volumen de las exportaciones norteamericanas. En el marasmo financiero que azota la realidad económica mundial, este objetivo ha pasado tan desapercibido como el desmonte balmasedano dentro del holocausto industrial de la margen izquierda. Las preocupaciones de los grandes estrategas económicos de hoy se centran en realidades tan inmediatas como la deuda soberana, los excesos de los déficits públicos, la situación de la banca, la recesión prolongada y  el nivel de desempleo y, en consecuencia, escasa reflexión ha merecido un objetivo, simplemente, referido a la economía real y a la estructura de la economía norteamericana.

Si hubiera merecido alguna reflexión por parte de las grandes mentes pensantes en materia económica, inmediatamente, hubiera sido interpretada como un voluntarioso intento de subvertir el déficit exterior norteamericano, para unos origen y para otros reflejo, de la crisis económica norteamericana, primero, y mundial, después. Sin embargo, el voluntarismo siempre acaba chocando de frente con la inexorable e ineludible realidad y, en este caso, el Presidente norteamericano y sus asesores, antes de analizar sobre tablas Excel y diagramas de barras la difícilmente discutible bondad de este planteamiento, posiblemente, deberían de haber reflexionado sobre la realidad estructural de la economía que subyace o, mejor dicho, reflejan esas tablas y gráficos. Así, dicha realidad lítica e inquebrantable hubiera clamado que el mencionado objetivo de doblar las exportaciones resulta difícil en el contexto de una economía que, a lo largo de los últimos veinte años, en el marco de un proceso de desmantelamiento industrial, se ha especializado en la producción de bienes y, fundamentalmente, servicios no comercializables, esto es, de imposible exportación.

Por consiguiente, el problema de política económica no radica ya, únicamente y como antaño, en la creación de unas condiciones objetivas que permitan desviar una parte de la oferta o, mejor dicho, de la capacidad instalada de la economía hacia la exportación, a través de, pongamos, depreciaciones de la moneda propia o apoyos fiscales. La estructura real de la moderna economía norteamericana exige una segunda condición, como es que, que también se creen las condiciones objetivas para que se genere un excedente de bienes comercializables susceptible de ser exportado.  En otras palabras, es difícilmente discutible que la consecución de este objetivo exija medidas activas de política industrial, destinadas a introducir un cambio sectorial en la economía norteamericana, reforzando, precisamente, la producción de bienes comercializables en detrimento de los no exportables.

Sin embargo, este objetivo reforzamiento de la capacidad exportadora norteamericana no puede realizarse sin tener en cuenta el mercado interior. Es imposible considerar que el aumento de la producción consustancial a la duplicación del volumen de las exportaciones responda, exclusivamente, al tirón de la demanda externa. Por el contrario, parece lógico pensar que el planteamiento presidencial responde a un aumento de la producción interna de bienes comercializables y que una parte de la misma se destinará a exportaciones y otra al mercado interior, desplazando a importaciones.

Así, teniendo en cuenta la realidad de la estructura de precios relativos de la economía norteamericana, el anuncio del presidente norteamericano tiene una lectura completamente novedosa y diferente como es que este aumento de la capacidad productora norteamericana y de reforzamiento de la estructura exportadora de la economía americana pasan, de manera inevitable, por un reforzamiento de la estructura de protección del mercado interior. En definitiva, la enunciación de este objetivo presidencial equivale a un mensaje de que la economía norteamericana va a experimentar un giro proteccionista en los próximos años y ésta sí es una novedad económica de primera magnitud.

También en este contexto hay que interpretar las crecientes dificultades con que tropiezan las relaciones entre Estados Unidos y China. A lo largo de los últimos quince años, el mundo ha centrado su atención en la política de "you scratch my back and I’ll scratch yours” que han mantenido estas dos superpotencias: Estados Unidos daba un acceso ilimitado a su mercado interior a la producción china y, simultáneamente, China compraba todos los bonos del tesoro que el gobierno norteamericano era capaz de imprimir. Sin embargo, tanto motivos estratégicos como estrictamente económicos impiden la continuidad de esta convivencia interesada. Las contradicciones se han acumulado y las señales de humo parecen indicar que la quiebra del modelo surgirá por un deseo de las autoridades norteamericanas de reservar ese gran tesoro que es su mercado interior a productores de ese país, como instrumento de generación de empleo, aún a costa del excedente del consumidor. Este excedente del consumidor resulta ser el pagano de la actual crisis, bien sea a costa de un mayor proteccionismo, bien sea con cargo a alzas en los impuestos indirectos. La opción se limita a ser una cuestión de prioridades temporales.

Yendo un poco más allá, en estas circunstancias, el paradigma de la globalización como motor de las relaciones políticas y económicas internacionales comienza a mostrar signos de agotamiento y su revisión por otro en el que la opción proteccionista puede jugar un mayor protagonismo resulta, aparentemente, inevitable y, en gran medida, inminente.

Bien es cierto que el paradigma de la globalización no se fundamentaba, exclusivamente, sobre la libertad de circulación de bienes y servicios, pero no es menos cierto que otras dimensiones de este paradigma también están siendo cuestionadas. Así, las marcas globales ceden terreno a favor de un fenómeno novedoso y curioso como es el “retrobranding”. El aparente fracaso del modelo multicultural choca con la visible fortaleza actual del principio de la integración. El hundimiento de los mercados crediticios va a imponer una seria desaceleración al fenómeno de consolidación corporativa que el mundo ha conocido en los últimos años.

Esta novedad, sin embargo, supone una profunda contrariedad para el único de los grandes “players” mundiales que ha sustanciado su potencial de influencia, precisamente, en la globalización y en la liberalización de los intercambios, al punto de convertirse, prácticamente, en su “mantra” y en su razón de ser. Este es el caso, obviamente, de la Unión Europea y, particularmente, de su auténtico motor, la Comisión, que, posiblemente, se enfrente a una crisis existencial, pues va a resultar crecientemente difícil arrastrar a los países, tanto miembros como terceros, a nuevos ejercicios de liberalización comercial que ya no desean.

Los recientes episodios de ayudas e intervención pública en las industrias automovilísticas y al sector bancario, llevados a cabo tanto en EE.UU. como en la UE, son demostrativos de que la política industrial no sólo no es un fenómeno del pasado sino que puede, perfectamente, convertirse en una herramienta de política económica en la actual crisis, erigiéndose en el instrumento principal del proceso de cambio de la estructura sectorial que, según todos los indicios, ha planteado el presidente norteamericano y que, inexorablemente, asumirá, más pronto que tarde, la UE.

El llano de Zalla ha ganado la batalla de las modernas rentas de situación al enclave balmasedano y la poca industria que aún queda en Las Encartaciones busca su salida fuera de la parte abrupta del valle del Cadagua. Pero la experiencia de la competencia entre villas vecinas no es perfectamente trasladable al ámbito internacional y si hoy resulta imposible que Balmaseda reverdezca sus glorias económicas en base a fielatos y aranceles, no es descartable que la moda proteccionista que parece que viene de América pretenda otro tanto.
 

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